Me devolvieron.

18 de abril, 1980

Hace un año y media desde la última vez que escribí. Justo encontré este diario debajo de mi cama, donde los militares no alcanzaron a perturbar cuando llegaron a secuestrame solamente cinco días después de la última entrada. No me descubrieron la primera vez. Sobreviví en el mundo quotidiano por una semana más, porque me fui de Capital. Mi madre me convenció irme de Buenos Aires a mi pueblo en Corrientes, pero me quedé con un primo mío ahí porque ya sabía que los militares iban a encontrarme, y no importaba dónde me mudara. No quería que mamá estuviera ahí para ver la violencia tan cerquita. Me encontraron en mi cama a las cinco de la mañana, me agarraron en mis pijamas e inmediatamente me taparon los ojos con una venda que no me cambiaron por semanas. Gusanos empezaron a vivir en la venda. En el momento que me arrastraban de la casa a un coche que me llevó al centro clandestino en Goya (se llama “La Casa de los Murciélagos” entre los presos), me llamaban cosas feas que no quiero repetir; en palabras menos horribles, me dijeron que era un cobarde por abandonar a mi departamento en Buenos Aires, que era tonto porque pensé que podía escapar los ojos omniscientes de la dictadura que sigue las trayectorias de todos los subversivos por donde fueran hasta que se desaparecieran del mapa Argentino para siempre. Por un razón, que no es claro para mí, el “proceso” no necesitaba que yo desapareciera totalmente de la vida “normal,” que ha seguido afuera del infierno creado por los torturadores y sus superiores. Cada día que me mantenían encerrado en el mundo oscuro, imprevisible, tenía unos momentos en que me acordaba de los ladridos de los perros en mi barrio que resonaban fuertemente en las calles ese mañana el 15 de diciembre 1978 cuando me sacaron de la zona soportable de la existencia. Algunas noches cuando dormía con apenas la mitad de mi mente, la otra mitad enfocaba no solamente en el estatus físico de mi cuerpo magullado, frío, hambriento, e infestada de gusanos, pero en el sonido de los perros llamándome a volver. Ellos seguían viviendo y esperándome en mi imaginación, con tanta determinación de verme otra vez que yo imaginaba que tuviera Julia en su centro clandestino manchando otra rincón de este país masivo.

La esperanza me llevaba fuera de mi propio cuerpo cuando me cagaban de palos, me sodomizaban, me electrizaban en cada milímetro de mi cuerpo. Me tenía que acordarme de la verdad de que no se puede clasificar estos demonios como humanos; habían abandonado su humanidad por el éxito del sistema violento construido sobre una fundación de mentiras. Más bien, el sistema mismo nos ha envuelto en el mantenimiento obsceno, oculto e absurdo de este ideología opresiva que quiere derrotar todo lo que no es “Argentino,” según los que ya la dominan. Algunos toman posiciones más altos en la hierarquia, otros me parecen miedosos de la amenaza de ser castigados por no seguir las órdenes. Todos, en una manera u otro, son victimas. No quiero excusar los hombres que me trataron como si mi cuerpo fuera la materialización de sus pesadillas peores, pero la maquina del ejército (completamente desconectada de los individuos que ellos son contratos a proteger) inyectan el odio en cada molécula de su piel, huesos, sangre, y nervios. Se dejan reproducir y volar su odio dentro de estos infiernos donde ellos son los dueños y no tienen miedo de nada.  Ellos querían que yo perdiera mi identidad, pero me hicieron sentir más fuerte y determinado a vivir afuera de la Casa de los Murciélagos. Ahora estoy agotado. Sospecho que me liberaron porque la Comisión Interamericana de Derechos Humanos publicaron un informe sobre la violación de los derechos humanos en Argentina que llegó a la atención de la comunidad internacional. Debido a las conexiones que tiene mi organización de cartografía, la junta quería liberarme para evitar responsabilidad de haber matado a mi. O capaz querían hacer espacio en los centros clandestinos para más montoneros después de la contraofensiva de Montoneros dentro del último año. Ya han matado docenas de militantes; pienso que la violencia contra la dictadura no ayuda para nada, solamente crea más oportunidades para la dictadura de justificar su operación. Necesitamos reconocimiento en el mundo, que la gente nos crean en los otros lados del globo, que nos ayuden a desestabilizar la torre de violencia.

Ya estoy en casa en Buenos Aires. La única cosa que cambio en el departamento es la abundancia de libros en el piso. Supongo que los militares, en vez de no encontrarme la primera vez, querían dar la culpa a los libros que leí– mi educación, mi falta de ignorancia, mi esperanza en un futuro radicalmente diferente que la presente.

Tienen Julia en un centro clandestino en Rosario, pero sé que todavía vive. Un “amigo” en mi centro clandestino me dijo esto después de una investigacióncita. Por un razón quería ayudarme. Nuestro hijo está con una familia desconocida. Hay trabajo para hacer. Continuaré mi escritura en unos días.

One thought on “Me devolvieron.

  1. ssvolk says:

    Te salvaste, Miguel. Sólo puedo dar gracias a no sé quien para eso. Y sabes que Julia tambien esta viva. Que tipo de información estaba buscando? Que locura vivimos. Cómo me dijo un amigo, si nos contamos esta historia a nuestros hijos algun día, no los van a creer; a lo menos espero que no lo crean. Cuídate, y escribes lo más antes posible.

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